Killian
El aire olía a sangre seca, metal oxidado y despedidas. Una combinación que me revolvía el estómago y, al mismo tiempo, me mantenía despierto. El silencio después del caos era lo más parecido al infierno. No hay disparos, ni gritos, ni órdenes. Solo los escombros de todo lo que alguna vez tuvo sentido. Incluyéndome.
—¿Crees que esto es paz? —preguntó Marcus a mi lado, rompiendo la quietud con una voz que ya no reconocía como la del hermano que solía seguirme al infierno sin pestañear.
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