Ariana
El cielo olía a ceniza.
A muerte.
A final.
Los campos frente a la vieja fortaleza estaban manchados por la historia que acabábamos de escribir con sangre y traición. No había viento, ni pájaros, ni sonido alguno que no proviniera del eco sordo del desastre. Solo el silencio… ese que se cuela por los huesos cuando todo ha terminado y aún no sabes si sobreviviste realmente.
Me encontraba en lo alto de la colina, con los dedos crispados alrededor del borde de mi capa, la tela rasgada colgan