En Marabí, la celebración por el regreso de los príncipes seguía viva como un fuego encendido. Risas, danzas y música llenaban cada rincón del reino. El ambiente vibraba con alegría, con esperanza, con el renacer de una era. Pero nadie imaginaba que, justo en medio del júbilo, la oscuridad despertaría.
Sin aviso previo, la barrera comenzó a resquebrajarse.
Uno de los músicos, acostado cerca del límite mágico, se detuvo al ver cómo un líquido oscuro, espeso como tinta y ajeno a toda pureza marina