El mar, una vez azul y sereno, se había tornado gris y denso. Las corrientes eran lentas, cargadas de un silencio ominoso, como si el océano contuviera la respiración ante lo inevitable. Marabí ya no era un refugio, era una sombra de lo que fue. Y la causa de todo era clara: Archer ya no era el mismo.
—Ya no queda tiempo — murmuró Dante, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, observando desde el borde de una grieta submarina que solía ser un templo sagrado.
A su lado, Ermys flotaba, su expr