Entonces apareció Daya, esa figura que parecía emerger de la niebla, etérea y oscura, todos se pusieron en guardia, pensando que se trataba nuevamente de Atargatis, pero esta vez fue diferente. Sus ojos, antes llenos de malevolencia, ahora reflejaban una tristeza profunda, un arrepentimiento que nadie había visto antes.
—Daya... — murmuró Ermys, observando a la mujer que había sido la marioneta y la amenaza— ¿Por qué?
Daya nadó hacia ellos, su voz resonando con una calma inesperada.
—Porque, yo