Cap. 124. El mal también paga sus cuentas.
Narrador omnisciente.
Eran las cinco de la mañana cuando la jaula para perros, en la que habían encerrado a Marina, emergió del agua.
El metal oxidado rechinó al ser arrastrado fuera de la piscina helada, y encogida como un animal vencido, Marina tiritaba, empapada con los labios morados y la piel lívida, al borde del desmayo.
Sus ojos, semicerrados, solo veían sombras y formas distorsionadas.
Desde que aquellas personas la habían llevado a esa casa, no le habían permitido ni hablar.
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