El corazón de Marianna latía con fuerza contra sus costillas, pero no era por miedo, era por una determinación feroz que creía olvidada. Se ajustó la chaqueta, tomó aire y, ante las puertas corredizas de vidrio de la Clínica Mendoza, se transformó.
La hermana preocupada y serena se desvaneció. En su lugar emergió una mujer enloquecida por el dolor y la rabia. —¡Es una asesina! —gritó, señalando con un dedo tembloroso hacia el interior del edificio, su voz quebrándose en el punto justo de desesp