La revelación en la mansión había dejado un silencio espeso, cargado de emociones contradictorias. Laura miraba a Daniel —a su padre— como si viera un fantasma hecho carne. No hubo abrazos dramáticos, ni lágrimas desbordadas. Solo una aceptación cansada, el reconocimiento de una verdad que siempre había estado allí, aguardando en las sombras de su memoria. Antonio no se separaba de su lado, su presencia un baluarte silencioso contra el torbellino interno que debía estar sacudiéndola.
Fue Marco