El despertar fue una transición lenta desde un abismo artificial hacia una realidad que Diamond reconoció con un terror paralizante.
Sus sentidos, aún nublados por el residuo del narcótico, registraron primero el tacto de sábanas de seda egipcia y la suavidad excesiva de un colchón que conocía demasiado bien.
Sus ojos se abrieron con pesadez, parpadeando contra la luz blanca y aséptica que inundaba la estancia.
En su antebrazo, el frío de una aguja conectada a una vía intravenosa le enviaba pul