La cena en el gran comedor de la mansión Valentine se desarrollaba bajo una opulencia asfixiante.
El tintineo de la platería contra la porcelana era el único sonido que interrumpía el monólogo desesperado de la madre de Killian.
La mujer, con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas, intentaba por todos los medios apelar a la poca humanidad que creía que le quedaba a su hijo.
—Killian, por favor... —suplicó la mujer, ignorando el corte de carne frente a ella—. No puedes enviarme a ese lugar