El estruendo de las granadas de aturdimiento en la planta superior de la mansión Valentine vibró a través de los cimientos de piedra, haciendo que el polvo cayera del techo del sótano como una nieve grisácea sobre el cabello de Diamond.
Ridell no la soltaba.
Sus manos, envueltas en guantes tácticos de polímero, acunaban su rostro con una desesperación que Diamond solo había visto en sus peores pesadillas.
—Mírame, Diamond. Mírame a los ojos —ordenó Ridell, su voz era un trueno bajo que lograba