El aire de Transilvania tenía un aroma distinto esa mañana; ya no olía a pólvora ni a los químicos asépticos de la mansión de Nueva York.
Olía a tierra mojada, a pinos centenarios y a la libertad que solo se siente cuando el último de los fantasmas ha sido encadenado.
Seis meses habían pasado desde que el imperio de los Valentine se derrumbara bajo el peso de sus propios pecados.
Killian, ahora una sombra de lo que fue, cumplía una cadena perpetua en una prisión de máxima seguridad, despojado d