La luz de la tarde se filtraba perezosa a través de los grandes ventanales de la villa, bañando la habitación en tonos dorados que contrastaban con la tensión eléctrica que habitaba entre sus cuatro paredes.
Diamond se encontraba sentada en la cama, con la espalda apoyada en un nido de almohadas, observando con una mezcla de gratitud e irritación a Ridell.
El Capitán, fiel a su palabra de no dejarla sola, había trasladado su escritorio personal a un rincón de la alcoba.
El sonido de su pluma ra