El aire en la mansión Valentine en Nueva York era rancio, cargado del olor a medicina y a la decadencia de una gloria que se pudría desde adentro.
Killian Valentine caminaba por el pasillo principal con la agitación de un animal enjaulado.
Sus heridas físicas, aquellas que Ridell North le había infligido con la furia de un hombre protegiendo su hogar, habían cerrado casi por completo, dejando solo costras que le recordaban su humillación.
Pero el odio en su pecho seguía supurando, una herida ab