Capítulo cincuenta y tres. La única forma de abrir la puerta.
El sol de media mañana se filtraba a través de las cortinas del penthouse, bañando el suelo de madera con una tibieza que no se sentía solo en la piel, sino también en el aire. Era la primera vez en mucho tiempo que el apartamento no parecía contener fantasmas. No había discusiones suspendidas en el ambiente, ni secretos escondidos en cada rincón. Solo el murmullo suave de la cafetera, los lápices de colores esparcidos sobre la mesa