Capítulo veinticinco. Hasta que el caos nos separe.
Valentina no estaba llorando.
Estaba sudando.
—Mamá, si vuelves a decir que me “brilla la maternidad”, juro que no bajo por ese pasillo.
—¡Es que estás preciosa!
—Estoy inflamada.
—Radiante.
—Tengo hambre.
—Eso es ternura prenatal.
Valentina se dejó caer en la silla mientras la maquilladora intentaba no reírse.
—¿Y Marcos?
—Pálido —respondió su padre entrando al cuarto—. Creo que está a punto de desmayarse antes que tú.
Ella sonrió.
—Bien. Que