Capítulo treinta y siete. Decirlo sin decirlo
El sábado amaneció con una luz tibia que se colaba entre las cortinas del apartamento. Nueva York parecía menos ruidosa desde allí arriba, como si la ciudad entendiera que ese hogar necesitaba un respiro.
Alexandra estaba en la cocina preparando panqueques cuando sintió unos pasitos detrás de ella.
—Mamá —dijo Liam, todavía medio dormido—. Soñé con dinosaurios.
—¿Eran buenos o malos? —preguntó ella, agachándose para quedar a su altura.
—Buenos… pero gritaban fuerte.
Alexandra rió y le acomodó el cabello revuelto.
—Como tú cuando no quieres dormir.
Liam sonrió, orgulloso.
Daniel apareció desde el pasillo, con una camiseta gris y el cabello despeinado. Se quedó apoyado en el marco de la puerta observándolos, en silencio, con esa expresión que Alexandra ya reconocía: la de alguien que está guardando una imagen para siempre.
—¿Panqueques? —preguntó.
—Con chispas de chocolate —respondió Liam antes que su madre—. Mamá dice que hoy es día especia