Capítulo treinta y siete. Decirlo sin decirlo
El sábado amaneció con una luz tibia que se colaba entre las cortinas del apartamento. Nueva York parecía menos ruidosa desde allí arriba, como si la ciudad entendiera que ese hogar necesitaba un respiro.
Alexandra estaba en la cocina preparando panqueques cuando sintió unos pasitos detrás de ella.
—Mamá —dijo Liam, todavía medio dormido—. Soñé con dinosaurios.
—¿Eran buenos o malos? —preguntó ella, agachándose para quedar a su altura.
—Buenos… pero