Capítulo treinta y seis. Lo que se aprende a llamar hogar.
La tarde cayó despacio, sin sobresaltos, como si el mundo hubiera decidido darles una tregua.
Alexandra estaba sentada en el sofá con la laptop abierta, revisando por tercera vez los mismos documentos. Números, propiedades, nombres de empresas que llevaban el apellido Hale como una cicatriz mal cerrada. Carlos había sido claro: no bastaba con reclamar la herencia, había que entenderla para que no volviera a convertirse en un arma.
—Vas