Capítulo treinta y ocho. Un hogar.
La noche cayó sobre Nueva York con una suavidad inusual, como si la ciudad hubiera decidido bajar el ritmo solo para ellos. El apartamento estaba en silencio, interrumpido apenas por el murmullo lejano del tráfico y el zumbido constante de la vida urbana que nunca dormía del todo.
Liam ya estaba acostado.
Alexandra se quedó unos segundos de pie en la puerta de su habitación, observándolo respirar con tranquilidad. Había aprendido a memorizar ese instante: la calma absoluta de su hijo dormido, el único momento en el que el mundo no parecía amenazante.
Daniel apareció a su lado sin hacer ruido.
—Se durmió rápido —murmuró él.
—Jugó demasiado —respondió ella con una sonrisa—. Eso siempre funciona.
Cerraron la puerta con cuidado y caminaron hacia la habitación principal. La luz tenue del velador envolvía el espacio en una intimidad tranquila, distinta a la urgencia de noches anteriores. Esta vez no había peligro inmediato, ni planes de escape, ni nombres