Capítulo treinta y cinco. Decirlo sin romper nada.
La mañana entró al apartamento con una luz suave, casi tímida, colándose entre las cortinas. Alexandra fue la primera en despertar. Permaneció unos segundos inmóvil, escuchando.
Respiraciones tranquilas.
Liam dormía en su habitación, abrazado a su dinosaurio verde.
Daniel dormía a su lado, boca arriba, una mano descansando sobre el espacio exacto donde ella había pasado la noche.
Ese detalle —tan pequeño— le apretó el pecho.
Alexandra se incorporó despacio, pero Daniel abrió los ojos antes de que lograra levantarse del todo.
—¿A dónde vas? —preguntó, con la voz todavía cargada de sueño.
—A comprobar que el mundo no se haya derrumbado mientras dormíamos —respondió ella, con una sonrisa.
Daniel la atrapó por la muñeca con suavidad.
—Vuelve. Todavía no.
Ella dudó apenas un segundo… y regresó. Se acomodó contra su pecho, apoyando la mejilla sobre su hombro. Daniel la rodeó con el brazo sin pensar, como si ese gesto ya le perteneciera desd