Capítulo veintiséis. Lo que no se borra.
La noche cayó sobre la ciudad con una calma engañosa. Desde las ventanas blindadas de la mansión Byron, Nueva York se extendía como un mar de luces frías que no lograban disipar el nudo que se había instalado en el pecho de Alexandra.
Liam dormía en la habitación de invitados, protegido por tres cerraduras nuevas y dos cámaras que Daniel había instalado esa misma tarde. Nadie dijo nada, pero todos sabían que ese nivel de seguridad no era una exageración.