Capítulo veinticinco. Lo que Daniel no sabía contener
La mansión Byron quedó envuelta en un silencio denso después del mensaje. Era como si el aire mismo hubiese decidido detenerse, esperando la próxima explosión. Alexandra permanecía sentada en el sofá, aún con la respiración agitada, mientras Daniel recorría la sala como un animal acorralado por la rabia y el miedo.
Había leído el mensaje tres veces. Cada vez, su control se rompía un poco más.
“¿Extrañaste al verdadero Hale?”
Marcos no había sido el único peligro. Y ese “verdadero” implicaba que alguien más conocía demasiado. Demasiado sobre ella. Demasiado sobre Liam. Demasiado sobre todo.
Daniel volvió hacia ella. Se detuvo frente al sofá, los puños cerrados, la mandíbula tensada.
—Alexandra —dijo con voz baja, peligrosa—. ¿Quién demonios es?
Ella levantó la mirada, aterrada y confusa.
—No lo sé… Daniel, te juro que no lo sé.
Él se inclinó, colocando una mano en el respaldo del sofá, justo detrás de ella. La encerró sin tocarla di