Capítulo veinte. Nos quieren vivos… pero no por mucho tiempo.
El ruido volvió a sonar.
No fue un trueno. No fue un golpe de viento. No fue un carro pasando por la calle.
Fue algo mucho más inquietante.
Un sonido hueco, seco, metálico.
Daniel movió la cabeza apenas un milímetro hacia la izquierda, como si calibrara el origen exacto del ruido, y en menos de un segundo ya tenía el arma en la mano.
—Alexandra —dijo en un murmullo brusco—. Detrás de mí. Ya.
Ella obedeció antes incluso de procesar el miedo.
Marcos, en cambio, se quedó congelado en un rincón del apartamento, como si su mente hubiera vuelto a un recuerdo que lo paralizaba.
Daniel dio un par de pasos hacia la puerta entreabierta del pasillo, levantando apenas el arma.
Otro impacto.
Esta vez contra la ventana del corredor.
Alexandra sintió cómo la piel se le erizaba desde los brazos hasta la nuca.
—Dios… —susurró.
—No —dijo Daniel, sin dejar de mirar hacia afuera—. Ellos.
Una sombra cruzó por la ventana. Rápida. Precisa.
No est