Madeleine desvió la mirada, obligándose a no reaccionar, a no permitir que esas palabras encontraran espacio en ella. No debía importarle. No debía afectarle.
Fue entonces cuando notó el plato frente a ella.
No lo había visto llegar.
Huevos poco hechos, con la yema brillante y perfecta. Tocino crujiente, dispuesto con cuidado. Tostada dorada con apenas una capa de mantequilla derritiéndose en la superficie.
Exactamente como a ella le gustaba.
Su estómago se tensó. No por hambre. Por r