Fabien no volvió a mirarla de inmediato.
Pasó una página del documento con calma, como si el mundo no acabara de tensarse entre ellos, como si no hubiera escuchado el leve cambio en la respiración de Madeleine mientras comía, como si no percibiera absolutamente todo.
Pero lo hacía. Siempre lo hacía.
—Tendré que salir —dijo finalmente, sin levantar la vista.
La frase cayó con una naturalidad engañosa.
Madeleine dejó de mover el tenedor por un segundo.
—¿Salir? —repitió, levantando la