La habitación aún estaba impregnada del eco de las buenas noticias. Kira seguía abrazada a Julian, con la frente apoyada en su pecho, mientras él acariciaba su cabello con ternura. Por un instante, todo parecía en calma.
El sonido de la puerta abriéndose interrumpió el silencio. Luka entró corriendo, con esa energía que nunca lo abandonaba a pesar de su fragilidad. Traía en las manos un pequeño ramo de flores que había comprado con el poco dinero que Sol le dio en la cafetería del hospital.
—¡Kira! —gritó, con la sonrisa más amplia del mundo, antes de lanzarse hacia la cama.
Kira abrió los brazos de inmediato, recibiéndolo con un abrazo suave pero firme. Su corazón se llenó de calor al sentir el cuerpecito del niño contra ella.
—Mi pequeño… me tenías preocupada.
—¿Yo? ¡La que nos asustó fuiste tú! —replicó Luka, con el ceño fruncido, aunque la ternura en sus ojos lo delataba.
Julian sonrió al ver la escena. Se inclinó para revolverle el cabello al niño.
—Tranquilo, campeón. Tu hermana