La noche había caído sobre la ciudad, y el departamento de Vanessa estaba en penumbras. Solo la lámpara de la sala lanzaba un resplandor cálido sobre las botellas vacías en la mesa. Ella estaba sentada en el sofá, con las piernas dobladas y la bata de seda abierta, fumando un cigarrillo que se consumía lentamente entre sus dedos.
El humo formaba espirales frente a sus ojos cansados. Había estado horas pensando en lo mismo. En él. En Julian.
Julian con esa mirada dorada que la había derretido la primera vez. Julian con esas cicatrices que, lejos de repelerla, siempre habían ejercido sobre ella una atracción enfermiza. El hombre que la había amado con ternura… y que ahora no la miraba, ni siquiera con desprecio.
—Me odias tanto que ni siquiera me ves —susurró, con la voz quebrada.
Se llevó el cigarro a los labios y exhaló el humo con fuerza, como si así pudiera expulsar la imagen de Kira de su mente. Esa maldita extranjera. Esa niña que había llegado a robarle lo que por derecho, según