Leo lo alcanzó en uno de los pasillos del hospital, cuando Julian regresaba con dos cafés en la mano. El amigo tenía el rostro serio, los labios apretados en una línea dura. Julian supo al instante que no eran buenas noticias.
—¿Qué pasó? —preguntó, extendiéndole uno de los vasos.
Leo lo aceptó, pero no lo probó.
—Tenemos un problema.
Julian entrecerró los ojos.
—Dímelo.
—Alguien metió una advertencia en Migración. Una denuncia diciendo que tu matrimonio con Kira es solo por conveniencia. Que lo usaste para darle papeles.
Julian se quedó inmóvil, el café temblando en su mano. El golpe no era inesperado, pero sí cruel. Cerró los ojos un segundo, respirando hondo para no dejar que la rabia lo cegara.
—Richard… o Marcus.
Leo asintió.
—No hay duda. Solo ellos tienen tanto interés en verte caer.
Julian apoyó la espalda contra la pared y pasó una mano por su rostro.
—Lo que menos necesito es que Kira se entere. Ya tiene suficiente con lo del corazón y el bebé.
Leo dio un sorbo al café al fi