La sala del tribunal estaba repleta. El eco de los murmullos se extendía como un rumor nervioso, un zumbido constante que acompañaba el golpe metálico de las cadenas cuando Richard Blackthorne fue escoltado hasta su asiento. Llevaba un traje oscuro, aunque el saco colgaba mal ajustado sobre sus hombros. La dignidad que tanto presumía parecía deshilacharse en cada paso que daba esposado. Aun así, su mirada altiva seguía intacta, esos ojos fríos que buscaban desafiar a todos los presentes como si