El amanecer mordió la ciudad con una luz fría, como si el cielo mismo entendiera que ese día no sería común. En la casa, la calma era tensa: Julian se movía como un animal ritual, comprobando cierres, hablando con el equipo de seguridad de Amhed, revisando que Luka y Sol supieran las rutas a seguir. Kira dormitaba todavía, envuelta en una manta; cada vez que Julian miraba su vientre, su rostro se ablandaba. Había abrazos fugaces, instrucciones en voz baja, una liturgia de protección. Nadie habl