Richard Blackthorne se sentaba en la litera metálica de la celda con la misma rigidez con la que antes presidía juntas directivas. Su traje había sido reemplazado por un uniforme gris, y aunque su postura seguía erguida, las paredes desnudas parecían aplastarlo poco a poco. El olor a humedad, a sudor rancio y a hierro oxidado le recordaba cada minuto dónde estaba. La prisión no se parecía en nada a sus oficinas de mármol o a sus casas con ventanales interminables. Aquí no había alfombras persas