Julian se quedó junto al marco, inmóvil, con el corazón tamborileándole en el pecho. Sentía la garganta cerrada, como si las palabras quisieran salir, pero no encontraran el valor para atravesarlo.
—No te fuiste —dijo al fin, con voz ronca.
—No —respondió Kira, sin vacilar. Se puso de pie y, sin pensarlo más, lo abrazó por la cintura.
Julian se quedó congelado. El calor de su cuerpo contra el suyo, la suavidad de sus brazos rodeándolo... era como una herida expuesta al sol. Dolía, pero también