El aire estaba cargado de silencio. Julian no podía moverse. Las palabras de Kira seguían suspendidas en el ambiente como un eco sagrado.
Pero en lugar de reconfortarlo, le perforaron el pecho como cuchillas. Sus ojos, aún húmedos, se clavaron en los de ella. Y el pánico regresó.
—No deberías estar aquí —murmuró, retrocediendo un paso.
Kira no se movió. No bajó la mirada. Estaba ahí, firme, como una roca enfrentando una tormenta.
—Déjame —susurró él. Pero su voz temblaba. No era una orden, era