Esto tenía que ser una maldita broma.
Yo, creyendo que por fin había escapado de ese mundo podrido, y ahora me veo atrapada otra vez. Es como si el destino disfrutara viéndome sufrir. ¿Acaso está escrito que no pueda ser libre? ¿Feliz?
—¿Qué quiere? —pregunté con tono serio, clavando mi mirada en la suya.
—No quiero nada. Solo tengo curiosidad... ¿Por qué huyó de su país? ¿Y por qué está escapando de su esposo?
—Exesposo —lo corregí sin dudar—. Así que dígame, señorita Santoro.
—No lo sabía. El