KELYRA
No supe en qué momento mi pecho dejó de doler y empezó a arder.
Lucien seguía ahí, estático, contemplando el charco oscuro del cáliz derramado como si contemplara los restos de su esperanza. Pero yo no podía mirarlo más. Me dolía. Me dolía tanto que me faltaba el aire. Que mis huesos crujían bajo la presión de algo que no entendía. Algo que bullía… dentro de mí.
No era ira. Era traición. Era el quebranto más antiguo, el grito de algo sellado mucho antes de que yo tuviera memoria. Me alej