KELYRA
Las puertas se cerraron detrás de él con un susurro que pareció arrancado de otro tiempo. Y yo... no podía moverme.
Me quedé inmóvil, clavada al suelo, como si el beso que había marcado mi boca fuera una especie de sortilegio. Aún sentía sus labios sobre los míos. Aún sentía su aliento, su calor, su voz cuando me susurró que un día suplicaría por él. Y lo peor era que no sabía si lo odiaba por eso... o si lo deseaba.
El cuarto olía a él. A fuego y a sombras, a cuero empapado de lluvia,