KELYRA
Lucien no volvió a hablarme después de lo que sucedió en los corredores prohibidos. Pero su silencio pesaba más que cualquier grito. En el castillo, todo ardía con una nueva tensión: los demonios bajaban la mirada cuando pasaba, los susurros se multiplicaban en cada sala. Y mi piel... ardía.
Desde aquella noche, algo se había encendido en mí. No era solo deseo. Era como si una fuerza antigua me recorriera las venas, como si su marca me reclamara de una forma que no entendía.
Esa mañana,