La mañana siguiente cayó sobre la casa como un manto pesado, envolviendo cada rincón en un silencio denso, casi reverente. Nerea despertó con el corazón palpitando irregularmente, como si hubiera pasado la noche corriendo. No recordaba haber dormido bien. Había soñado con manos que no veía, con respiraciones que no eran suyas, con pasos que se detenían justo antes de entrar a su habitación. Cuando abrió los ojos, la sensación persistía: alguien había estado allí.
Intentó convencerse de que solo