Risa no sintió su cuerpo cuando la oscuridad la tragó.
No había arriba ni abajo.
No había frío ni calor.
Solo la sensación amarga de ser llevada hacia un sitio que no era un lugar, sino una conciencia.
Una conciencia que no debía existir.
La sombra la arrastró como si nadara dentro de un sueño viscoso, hasta que finalmente sus pies tocaron algo sólido.
O lo que su mente interpretó como sólido.
Un suelo hecho de obsidiana líquida.
Cada paso emitía ondas, como agua negra.
Al frente, la silueta de