El bosque cambió.
No fue gradual. No fue sutil.
Fue como cruzar una línea invisible: un paso pertenecía al mundo real, y el siguiente conducía a un territorio donde las reglas habían sido reescritas por manos desconocidas.
Thallia lo notó al instante.
La luz filtrada por las hojas ya no tenía el color normal; era más pálida, casi enfermiza, como si los árboles estuvieran drenados de vida. El suelo, antes mullido por hojas secas, ahora estaba cubierto de polvo gris, demasiado fino, demasiado sil