El amanecer no llegó.
O, al menos, no como debería.
En vez del azul pálido que solía filtrar la luz entre las montañas, el cielo amaneció cubierto por un velo oscuro que se movía como humo bajo la luz. Parecía un presagio vivo, respirando sobre el mundo con un susurro que helaba la sangre.
Thallia lo sintió antes de abrir los ojos.
Fue como si una mano helada le presionara el corazón desde dentro. Abrió los párpados bruscamente, jadeando.
—Ya lo percibiste —murmuró Noctara, sentada en la roca o