El impacto no fue físico.
No hubo caída, ni golpe, ni oscuridad.
Hubo… desarraigo.
Como si a Thallia le hubieran arrancado el cuerpo y arrojado solo lo que quedaba de ella —mente, memoria, voluntad— dentro de un recipiente hecho de luz fracturada.
La sensación era insoportable, pero no dolorosa.
Era como respirar bajo agua hirviendo, como intentar sostenerse sobre un piso que no existe.
El sello era un lugar.
Y no lo era.
Era un espacio donde las leyes del mundo se deshacían en el aire.
Thallia