El amanecer no llegó a ese día como a los demás.
En el horizonte, la línea entre la noche y la luz parecía haberse quedado suspendida, negándose a decidir si debía avanzar o retroceder. El aire estaba inmóvil, cargado de una electricidad contenida que hacía vibrar los sentidos de cualquiera que tuviera magia en la sangre.
Rhaziel lo sintió primero, desde la torre del este.
Había dormido apenas dos horas, perturbado por un presentimiento que no lograba nombrar. La sensación era idéntica a la que