La noche había cambiado de textura.
Risa lo supo incluso antes de abrir los ojos.
No fue un sueño lo que la despertó, sino una presión. Como si el aire del palacio se hubiese vuelto más denso, más atento. Las velas de su habitación aún ardían, pero sus llamas no eran estables: se inclinaban todas en la misma dirección, hacia la ventana cerrada.
Risa se incorporó despacio, llevándose una mano al pecho.
Su corazón latía con un ritmo que no era solo suyo.
—Otra vez… —susurró.
Desde hacía días —no,