El silencio no era vacío.
Tenía textura, un temblor subterráneo que recordaba la vibración del metal antes de romperse.
Rhaziel abrió los ojos y lo primero que vio fue la luz suspendida: una aureola sin fuente, flotando sobre un suelo que no existía.
El aire olía a ceniza y a memoria quemada.
Trató de incorporarse, pero no había cuerpo.
No había peso, ni piel, ni huesos; solo la noción de su forma, un contorno hecho de pensamiento.
Aun así, el dolor persistía, como un eco físico imposible de ol