El cuerpo de Risa temblaba aún cuando la aurora comenzó a filtrarse por las torres rotas del Palacio de las Mareas.
La habían traído inconsciente desde el lago, envuelta en los restos chamuscados de un manto ceremonial que ahora parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.
Noctara caminaba junto a la camilla, con los ojos hundidos y las manos manchadas de hollín, mientras Rhaziel abría el paso entre los guardias que no sabían si saludar o rezar.
El aire olía a hierro y azufre.
Cada piedra de