Dante
La puerta de ese pequeño departamento se abrió con un chirrido tímido, casi como si también ella estuviera dudando de dejarme entrar.
Valentina.
Ahí estaba. De pie en el umbral. Con el cabello recogido de cualquier manera, una camiseta que seguramente no le pertenecía —demasiado grande, demasiado neutra, demasiado… anónima— y los ojos tan oscuros como los recordaba. Pero había algo más en ellos, algo distinto. Eran los mismos ojos, sí, pero ahora cargaban con el peso de demasiadas lunas s