El silencio se había convertido en mi única compañía, y no porque lo eligiera, sino porque temía lo que había dentro de mí. Esa fuerza que quemaba mi piel, que se desataba sin control, no era solo un poder; era una maldición que amenazaba con consumir todo a su paso. Por eso, me aislé. Me encerré en mi cuarto, lejos de la manada, lejos de Kael y de todos aquellos que podían salir heridos por mi culpa.
Las paredes de mi refugio eran testigos de mi lucha interna. Sentía que cada vez que me acerca