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Me quedé mirando el fuego que chisporroteaba en el centro de la sala, sus luces danzaban sobre las paredes de piedra, y en ese juego de sombras, mi mente se negaba a ceder. Había tomado una decisión, una que no me dejaba ni un resquicio de duda: me quedaría en la manada. Pero no sin condiciones. Y la primera era clara, directa, un desafío para los ancianos que me observaban en silencio desde sus asientos elevados.

—Quiero respuestas —dije, mi voz firme, sin temblar, aunque por dentro una tormen
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