El suelo temblaba bajo mis pies, no por el peso de los enemigos que se acercaban, sino por la fuerza que se agitaba dentro de mí como una tormenta a punto de estallar.
El ataque no había cesado del todo desde la noche anterior. Los límites de la manada eran vulnerables, y los que se atrevían a cruzarlos sabían lo que buscaban. No tierras. No poder. Me querían a mí. O al monstruo que creían que yo iba a ser.
Lo sentía en el aire. Denso, cargado, como si la Luna misma contuviera el aliento.
—¡A l